¡Ah, ave profunda que te abres
desde el íntimo latido al corazón del mundo!
¡Con qué libertad todo lo sientes!
Del reflexivo fuego de tus ojos es que surgen
las trémulas hojas del sauce, esas que suelen
abrazar al río.
Eres del viento del sur
un soplo que canta, un soplo
que entibia el aire.
¡De lo bello de este mundo eres la entraña!
Y se puede ver tu sangre
fluir de colores en el paisaje de tu cuerpo.
Tan suave, así, de agua
fluye tu sangre.
¡Ah, cuando abrazas!
El horizonte colgado de la punta de tus dedos.
¿Son acaso alas tus manos que elevan
el tímido calor de toda despedida?
¿Y qué será de este verde ensueño
cuando ¡ay, ave de mimbre!, vueles al confín
buscando el néctar fresco de otro paraíso?
Una nube rítmica es a veces
el próximo signo de tu ausencia.
¡Ah, no partas nunca si pudieras!
Entibia más el aire…
Tal vez, cuando el sueño habites,
una amistosa voz te pida
que no despiertes.
Lauro