martes, 16 de noviembre de 2010

A un ave


¡Ah, ave profunda que te abres

desde el íntimo latido al corazón del mundo!


¡Con qué libertad todo lo sientes!


Del reflexivo fuego de tus ojos es que surgen

las trémulas hojas del sauce, esas que suelen

abrazar al río.


Eres del viento del sur

un soplo que canta, un soplo

que entibia el aire.


¡De lo bello de este mundo eres la entraña!


Y se puede ver tu sangre

fluir de colores en el paisaje de tu cuerpo.

Tan suave, así, de agua

fluye tu sangre.


¡Ah, cuando abrazas!

El horizonte colgado de la punta de tus dedos.


¿Son acaso alas tus manos que elevan

el tímido calor de toda despedida?


¿Y qué será de este verde ensueño

cuando ¡ay, ave de mimbre!, vueles al confín

buscando el néctar fresco de otro paraíso?


Una nube rítmica es a veces

el próximo signo de tu ausencia.


¡Ah, no partas nunca si pudieras!


Entibia más el aire…


Tal vez, cuando el sueño habites,

una amistosa voz te pida

que no despiertes.




Lauro


A una mujer


Un aroma de jazmín, como de paso

viaja por tu huella.

Descansando ya en tus ojos, una idea

se va despertando.


Mujer, flor sin nombre,

tu corola es fuente para la garúa.

¡Ya se pierde en tu pelo la garúa!


Mujer, una estrella

va dejándose caer en tu mirada.

¡Ya se pierde la noche en tu mirada!


Y te vas, ¡ay!, fugitiva de mi cielo

te vas tan de prisa.

Ya no sé que voy a hacer con esta brisa

presa en mi silencio.


Tras la estela de tus pies, toda la calle

se va remangando.

Me ha quedado una sonrisa al despedirte

como tu recuerdo.


Ya no sé si es luna blanca la que brilla,

quizás tu reflejo.




Lauro